Esta tarde partido

En la carretera de Las Rozas, delante de la granja, se celebraban interminables partidos de fútbol.

Se anunciaban como las corridas de toros: si la autoridad lo permite y el tiempo no lo impide. Pero nada de eso estaba en contra. La única autoridad, los padres de los futbolistas que podían expedientar a algún disidente a la obediencia del club (léase casa familiar) o algún lesionado (los menos).
Dos porterías en la carretera, un poste de cada una eran sendos e inmensos chopos que creo que fenecieron hace tiempo por la mano de algún “ingeniero” que ensanchó la vía, el otro poste un mix de todo, una piedra, un jersey, la merienda de alguno o el balón de repuesto, descosido, roto y hasta con la badana ajada.
El “césped” un aglomerado asfáltico de los de hombres echando brea, gravilla con pala y un dinosaurio de apisonadora. Todos a cargo del capataz de los camineros, natural de San Martín de Valdeiglesias, residente en la planta alta de la caseta, por amotado nombre ” El tío Capitolo”, su mujer Carmen “la Capitola” y su hermosa hija también Carmen, por supuesto “la Capitola”. Doy por creído que el nombre verdadero del tío Capitolo era Capitolino.
Capitolino; que no se de donde le venía pero me suena a museo, escritor romano, incluso al Dios Júpiter Capitolino.
Pero eso era otra historia.
Los partidos comenzaban nada más merendar, debía ser para bajar aquellos bocadillos de pan y chocolate Matías López o chocolate Chobil

Y otro más que no recuerdo el nombre y que algunas tabletas tenían un duro entre el chocolate o cromos de futbolistas de la época.
Los porteros a veces eran fijos, a regañadientes claro está, uno era Juanín, ¡coño el de siempre!
el otro Míguel que no Miguél, que es muy toledano [influencias] lo de acentuar los nombres a gusto y manera; o D. Miguel Moreno ahora.
Los demás se repartían después de echar a pies con criterios de quien era el más bestia o más figurín.
No tenían partes los partidos, si algun tiempo muerto cuando pasaba el coche de línea que iba a Las Rozas o algún que otro despistado en coche.
Se jugaba hasta el anochecer, no importaban ni los goles, ni los raspones del duro asfalto, en aquellas edades todo el tiempo era nuestro y lo demás no importaba.
••
– ¡Cocheeeeeee!
Se gritaba, se despejaba el campo, se quitaba, o no, el poste móvil y se continuaba una vez pasado el peligro.
••
¡¡ A cenar!!. La siguiente llamada.
– Quedamos aquí, a la puerta de la granja después de la cena.

En lo que llamábamos “el puente” que no era más que un puentecillo sobre la cuneta para salvarla y poder pasar a la entrada de la casa de la granja.
En la granja teníamos dos perras, Lili, pastor alemán gris preciosa, amiga de todos los críos y enemiga de los extraños y Volga una Buldog a la que mi hermano Carlos la enseñó a embestir tal cual novillo colorao.
Luego la quiso enseñar de portero pero eso ya era más difícil, no había manera de que se quedara quieta entre los postes.
Las reuniones en el puente se ampliaban en el tiempo hasta que se oía el ¡¡A la cama!!
Allí se maquinaba de todo.
Un buen día “El Poli” con su tirachinas en la mano vio venir un coche.
– A que le atizo en una rueda
– A que no.
– ¿Tapuestas algo?
– Lo que quieras (con chulería y arrojo)
El “Poli” salta del puente a la cuneta, se agazapa, estira las gomas esperando el auto.
¡¡Zas!! en el centro de la puerta.
Frenazo, salta el conductor del coche y lo primero que dice es “caguendiós”.
Estampida de muchachos en dirección a la viña de la granja.
Al cabo del tiempo reparto de ostias al pié de la escalera de la granja para los tres montones, bueno los dos mayores, el Acho siempre se libraba, era la ventaja de ser el niño de papá.
No importaba, al día siguiente sería otro día y tendríamos la posibilidad, por ejemplo de atar a Pepito Canario a una oliva y hacer la danza apache de la muerte o que se salvara yendo a su casa a quitarle un par de Menceys a su hermano el mayor, que ya se afeitaba o a su madre que fumaba como buena canaria.
¿Que he ido saltando de tema a tema?
– Mira es que me da igual, se me alborotan los recuerdos en la cabeza y el caso es que salgan.
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  1. #1 por Anonymous el 05/08/2009 - 19:06

    Y te salen (los recuerdos, digo) como los sarmientos de las cepas que rodeaban La Granja: llenos de vida, alegría y entusiasmo. Sigue sacándolos del pozo de la memoria de esa forma tan conmovedora y apasionada.
    Así, tal cual lo naras, acontecían los partidos. Por un momento he vuelto a oir esas mismas voces mientras defendía aquella portería de asfalto. ¡¡¡Coche!!! Efectivamente. El coche de línea nos imponía mucho respeto y hasta un punto de admiración. Raudos nos retirábamos de la calzada y, refugiados en las cunetas, durante unos segundos intensos, nos quedábamos absortos mirando el interior del coche que sus luces de dentro (no siempre encendidas) nos descubrían. Ahora que lo pienso friamente tenía magía todo aquello. Mucha magía: Noche, niños jugando al balón, voces, coche de línea, luces fugaces y a veces algo que siempre sobrecogía mi ánimo: aquellas virulentas tormentas de verano capaces por si solas de acabar con “la magia…”
    ¿Recuerdas cuando el balón se “colaba” por las alcantarillas que daban a un tunel que cruzaba toda la carretera y nos metíamos a buscarle entre ratas, olores fétidos y charlos a saber de qué…? Y Felipín: Recuerdas a Felipín?

  2. #2 por Anonymous el 05/08/2009 - 19:14

    PAISAJES INFANTILES ROTOS

    Nuestra vida en común llegó hasta la infancia. Y allí se detuvo. Y sólo tengo recuerdos infantiles. Y únicamente niños, toda la vida habéis sido niños en mi mente. Y cómo, después de las inexistentes siestas de las tardes veraniegas, jugábamos incansables a los toros detrás de la granja de Ana María: Felipín, tú y yo. Y espigas campestres las banderillas clavadas en los jerseis. Y trapos los capotes. Y más trapos envueltos en un palo las muletas. Y una tabla fina claveteada en cruz el estoque. Y público. Mucho público. Y triunfos, ¡cuántos triunfos infantiles hay en nuestra vida! Y Felipín que viene a jugar cuando no contábamos con él porque habíamos discutido. Y tus botos a los que yo clavé una lima jugando a los cuadros. Y tú que lloras. Y tus padres que vienen. Y mi tía y mi abuela que me regañan. Y Felipín que nos cuenta lo de los niños de París. Y tu timidez. Y su desparpajo. Y mi miedo. Y aquellos pastos que se queman una noche sofocante. Y salir corriendo. Y apagarlo con la arena que recogía en mis manos. Y las historias que me contabas de toros perdidos y solitarios en la Sierra. Y tu padre que los encontraba por las noches y los volvía cariñoso a la manada. Y yo que te escuchaba embelesado. Y las estrellas fugaces que eran platillos volantes. Y el frío y las aceitunas de Noviembre. Y recoger sarmientos para la lumbre de la noche. Y tú que te marchas y vuelves poco, o casi nada. Y yo que me voy pero siempre estoy volviendo.

    Y Felipín que se muere en Julio, por la tarde. Y yo recuerdo. Y tú, Loren, te vas en Junio. Y sólo tengo recuerdos vuestros de niños, de juegos detrás de la granja cuando el verde de las cepas es el más intenso del año y los rayos del sol rebotan en sus hojas. Y ese verde, y ese sol os acariciaban la mirada cuando os fuisteis en verano. Y mi abuela que me lo dice. Ella que sólo conserva nuestros nombres de niños. Ella que siempre es abuela y nosotros sin embargo dejamos un día de ser niños. Y acaso yo quiera seguir siéndolo, aunque sea para que vosotros estéis conmigo. Y Rimun, que me “aperruchaba” siempre a los cromos y los santos. Y Jose “Rana”, que amaneció en una cuneta con aquel pelo que le llegaba a los hombros y su sonrisa desdibujada. Y Emeterio, en un árbol mirando la inmensidad del Venero. Y Jose “Chorlo”, en Octubre, antes que llegara su bondadoso invierno. Y Antonio “Macareno”, que buscaba un perrillo entre las piedras, como buscaba alegrías en las madrugadas. Y Jose “Magán”, que era de los pocos que silbaba a la noche y a la soledad. Y antes que todos, mi padre, con las brasas y las fiestas de Agosto, agarrado suavemente al astil del azadón con el que regaba su huerto. Y tantos y tantos otros… Sus palabras, sus miradas, sus sonrisas, sus andares, e incluso sus lágrimas, forman parte de Cadalso desde entonces. Desde que éramos niños y todo era ingenuidad y no lo sabíamos. Y no lo sabíamos porque los niños de entonces no conocían eso. Solo sabían de paisajes, los mismos que se han ido con vosotros. Y de pájaros, los mismos que os siguen cantando ahora, mientras yo me enredo entre recuerdos y nostalgias que conmueven los cimientos de nuestro Cadalso y mi corazón.

    Miguel MORENO GONZALEZ

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