Los escritos de Miguel


Inauguro tema.

Miguel escribe y ¡cómo lo hace!. Por lo tanto he decidido, de una vez, y como patriarca del clan particular y universal del la bloguería, publicar sus escritos para que el deleite sea general.

Lo hago con uno que se titula PAISAJES INFANTILES ROTOS y que habla de aquellos sus amigos que un día decidieron, porque si, y sin previo aviso alguno dejar este puto mundo y reunirse en las esferas del otro.

Nuestra vida en común llegó hasta la infancia. Y allí se detuvo. Y sólo tengo recuerdos infantiles. Y únicamente niños, toda la vida habéis sido niños en mi mente. Y cómo, después de las inexistentes siestas de las tardes veraniegas, jugábamos incansables a los toros detrás de la granja de Ana María: Felipín, tú y yo. Y espigas campestres las banderillas clavadas en los jerseis. Y trapos los capotes. Y más trapos envueltos en un palo las muletas. Y una tabla fina claveteada en cruz el estoque. Y público. Mucho público. Y triunfos, ¡cuántos triunfos infantiles hay en nuestra vida! Y Felipín que viene a jugar cuando no contábamos con él porque habíamos discutido. Y tus botos a los que yo clavé una lima jugando a los cuadros. Y tú que lloras. Y tus padres que vienen. Y mi tía y mi abuela que me regañan. Y Felipín que nos cuenta lo de los niños de París. Y tu timidez. Y su desparpajo. Y mi miedo. Y aquellos pastos que se queman una noche sofocante. Y salir corriendo. Y apagarlo con la arena que recogía en mis manos. Y las historias que me contabas de toros perdidos y solitarios en la Sierra. Y tu padre que los encontraba por las noches y los volvía cariñoso a la manada. Y yo que te escuchaba embelesado. Y las estrellas fugaces que eran platillos volantes. Y el frío y las aceitunas de Noviembre. Y recoger sarmientos para la lumbre de la noche. Y tú que te marchas y vuelves poco, o casi nada. Y yo que me voy pero siempre estoy volviendo.


Y Felipín que se muere en Julio, por la tarde. Y yo recuerdo. Y tú, Loren, te vas en Junio. Y sólo tengo recuerdos vuestros de niños, de juegos detrás de la granja cuando el verde de las cepas es el más intenso del año y los rayos del sol rebotan en sus hojas. Y ese verde, y ese sol os acariciaban la mirada cuando os fuisteis en verano. Y mi abuela que me lo dice. Ella que sólo conserva nuestros nombres de niños. Ella que siempre es abuela y nosotros sin embargo dejamos un día de ser niños. Y acaso yo quiera seguir siéndolo, aunque sea para que vosotros estéis conmigo. Y Rimun, que me “aperruchaba” siempre a los cromos y los santos. Y Jose “Rana”, que amaneció en una cuneta con aquel pelo que le llegaba a los hombros y su sonrisa desdibujada. Y Emeterio, en un árbol mirando la inmensidad del Venero. Y Jose “Chorlo”, en Octubre, antes que llegara su bondadoso invierno. Y Antonio “Macareno”, que buscaba un perrillo entre las piedras, como buscaba alegrías en las madrugadas. Y Jose “Magán”, que era de los pocos que silbaba a la noche y a la soledad. Y antes que todos, mi padre, con las brasas y las fiestas de Agosto, agarrado suavemente al astil del azadón con el que regaba su huerto. Y tantos y tantos otros… Sus palabras, sus miradas, sus sonrisas, sus andares, e incluso sus lágrimas, forman parte de Cadalso desde entonces. Desde que éramos niños y todo era ingenuidad y no lo sabíamos. Y no lo sabíamos porque los niños de entonces no conocían eso. Solo sabían de paisajes, los mismos que se han ido con vosotros. Y de pájaros, los mismos que os siguen cantando ahora, mientras yo me enredo entre recuerdos y nostalgias que conmueven los cimientos de nuestro Cadalso y mi corazón.


© Miguel MORENO GONZALEZ



A este escrito de Miguel le falta un apunte, que me atrevo solamente a relatarlo.


Desde tiempo andaba dándole vueltas a la cabeza, cuando se ponía melancólico, del porqué la vida era tan injusta. El porqué Felipín se fue un dia sin avisar, y decidió que para bajarse del andamio lo mejor era dar el paso definitivo, y lo hizo. Un maldito infarto lo apeó sin ni siquiera acabar con la cubeta de pasta.

Y Rimun unos años antes debió pensar lo mismo y en una puta curva de la N-II para llegar a casa salió de najas a un barrio que no debería haber sido el suyo hasta muchos años más tarde.


Y Él se quedó solo, y recordaba a su amigos del alma y se preguntaba a veces que coño hacía en este mundo sin sus otros yo.


Y era como si pensara que pronto estaría con ellos colándose en casa Cañardo al baile y poniendo “varetas” en la barra que dirigía Pepito Cañardo, y en el más allá se correrían las mismas juergas que en este acá se corrieron.


Y un puto cáncer se le llevó camino del Tropezón donde le esperaban sus amigos del alma.

Estoy convencido que esos sueños que tienes en la noche, y que te junta con él en una película son tan reales que cuando despiertas sigues con él a tu lado.


Ese era Acho


Un tipo feliz, a pesar de todos los golpes recibidos. Con su sonrisa de “mús” en el Tropezón.

Con su bigote que enmarcaba el cariño por la vida pero con unos ojos que aun húmedos recordaban a sus amigos del alma.

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  1. #1 por Anonymous el 06/08/2009 - 20:24

    Una vez se me vino a la cabeza una frase. La tengo en un escrito que compuse contando las cosas que quiero que se hagan conmigo cuando me muera. Dice así: “La vida es la capacidad que tiene cada cual de generar un afecto. Fuera de ello no hay nada.” Tu hermano Acho, junto con la prosa tan bella que utilizas para homenajearle, me la traen a la memoria. Le veías siempre sonriente, siempre feliz, lleno de vida… y parecía que iba repartiendo afectos por doquier, a manos llenas, con el corazón “de querer” abierto en canal para todos. Acabo de hablar contigo por teléfono y no veas qué alegría me has dado. Derrochas tanto entusiasmo que me has contagiado “cuarto y mitad”. Gracias.

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