Las tiendas de Cadalso hace más de 50 años

Eran a las que nos mandaban los padres o la abuela a la hora de… “ven que me vas a hacer un recado”

Tiendas que aun se guardan en el recuerdo y que entonces veías como otro sub-mundo anejo al tuyo.
La farmacia de D. Rafael.
Era un lugar al que nos enviaban con la receta de D. Alejandro. A ambos lados de la entrada, armarios con puertas de cristal y botes de cerámica dentro. Un mostrador de madera con encimera de mármol. Delante, del puesto para que te despacharan, se intuía detrás una mesa camilla donde en invierno veías a D. Rafael sentado. En verano lo estaba a la entrada. Presto a levantarse cuando entrabas.
Casa Juliana
Una tienda que era antesala de la vivienda. Lo que más recuerdo es la banasta de arenques que siempre estaba medio vacía y que te servía en papel de estraza para la merienda del padre. Que aplastaba entre la puerta y el cerco. Allí comprábamos las golosinas y los recados que nos mandaba la abuela. Tomás su hijo, siempre presto a despachar y además sacristán de la iglesia.
Casa Valentín
Estaba frente a casa, en la calle de la Iglesia, nos surtíamos del chocolate Chobil y Matías López para la merienda, con sus cromos de futbolista. Era una tienda pequeñita que tenía de todo.
El churrero.
Está claro que entonces solamente churros, anís y coñac, y algún paquete de Celtas cortos.
Casa Sinfo
Una inmensa tienda en la calle real, abajo, esquina a la calle que va a la plazolilla de arriba.
Ahí también había de todo, pero de todo, todo.
La mercería.
Era de Gitu, Flori y Florita, dos primas de mi madre. El Noticiero de Cadalso. En una mesa de la entrada, antes del mostrador encontrabas a las dos hermanas y a Florita “la cartera”. Si querías saber algo de lo que pasaba en el pueblo, ese era el lugar idóneo para la información.
Era eso, una mercería.
La pescadería.
Estaba a la derecha, entrando por la calle antes mencionada que va a la plazolilla. Su olor aun persiste en la mente. Entonces decidí que lo que no sería nunca en la vida era ser pescadero. Me asustaban las tijeras de pelar el pescado y su sonido.
Casa Marcelo.
Está en el mismo sitio que estuvo y el dueño, su hijo, se llama como el padre se llamaba.
Era solamente carnicería y tenía las mejores morcillas de cebolla del mundo. Ahora es hasta “delicatessen” y lo siento pero las morcillas no son como las que su padre hacía.
La casa del alcalde.
Estaba en las Casas Nuevas, en la esquina de la calle que baja a la fachada oeste de la iglesia. Era una tienda modesta pero para los vecinos cercanos era la salvación del “necesito”…
Jarana
Los Jaranas vendían, que recuerde, botijos y cántaros. En verano melones y sandías.
Dos peluquerías
La de Gorrón y la de Vito y Celes. Por entonces la de gorrón era a la que asistíamos como parroquianos. Al lado de esta la panadería de Luis. Un amiguete de la pandilla que luego se hizo ingeniero de no se qué. Era Luisito el panadero.
La tía Carracha
Otra tienda de comestibles, al comienzo se la calle real o de San Antón, en la esquina de la que baja a La Huerta y El Tropezón.
De los bares no puedo decir algo, al fin y al cabo no eran frecuentados por los casi niños, pero recuerdo El Tropezón, donde tantas horas pasó después mi hermano Acho echando sus partidas de mús o de lo que fuera. Tengo vagamente en la memoria el casino de la calle Real (una vez entré al baile, que estaba en el piso de arriba, subiendo por una escalera de caracol de hierro y recuerdo a las mozas sentadas en bancos de alrededor esperando ser “sacadas a bailar); otro bar con el que sueño a menudo que se encontraba en la calle del Cuerno a la entrada a la derecha, tenía un mostrador larguísimo, en el suelo había escupideras y lleno de mesas con gente jugando a las cartas.
El Bar del Tío Magarit.
En la calle Real frente al ayuntamiento, chiquitito y con poca parroquia.
LaHuerta
Cuando no estaba separada, tenía una pista de baile al aire libre, Era de cemento y con una farola en el centro y rodeada de alibustre. Contaba con una especie de palcos donde se sentaban a la mesa las familias. Entonces no pedían Coca Cola los niños, sólo mirábamos lo que los padres tomaban.
Una tienda que estaba en la plaza, al lado de lo que fue la Fonda. No recuerdo el nombre del dueño. Había de todo, hasta las novedades de electrodoméstico que entones existían. Creo que sigue siendo lo que era.
No me puedo olvidar del estanco, con Gumer detrás del ventanillo y enfrente de él la tienda de Chorlo (creo).
Y el más importante de los bares: El Bar Sevilla, el reducto de espera de las esperas de El Gato.
El bar en el que a JuJú (Ricardo, el juez) se le asigna la anécdota de la gallina y que se relata así.
– Tengo una gallina que hace Cua-cua-cua….
– No me jodas Ricardo, eso no es una gallina, es un pato.
– No, no, no, que hace cua, cua, cua, cuatro días que no pone.
Se que se me olvidan muchos pero ya a estas edades se pierde la noción de lo vivido.
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  1. #1 por Anonymous el 19/10/2009 - 20:09

    Buena memoria, sin lugar a dudas, y bonita e interesante descripción. ¡Maldia sea! ¿Cómo podemos pasar tan rápido por la vida o pensar tan poco cuando estamos incursos en ella? A veces, cuando paso por todo esos lugares que tu has recorrido con tanta precisión, voy pensando si quedara algo de lo que fuimos entonces esparcido por alguno de esos rincones o, simplemente, si algo nuestro quedará de nosotros cuando ya no estemos por estos sitios…
    No sé…
    Miguel

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