Las escuelas.

1953

¡ Con 6 años a la escuela!.

Más de medio siglo, algo más. Las escuelas de Cadalso estaban allá arriba, en San Antón, y la primera vez que las pisé creo que se me quedaron grabadas para siempre en la mente. Digo creo, porque a veces se te junta la memoria con los sueños y, como al capullo cubano, te confunden.
Si en algo me equivoco los que las conocisteis espero me disculpéis y corrijáis.
A la izquierda la de los niños, a la derecha la de las niñas. De los maestros no me preguntéis nombre para eso soy un zote, no los recuerdo.
Entrando a la de los niños te encontrabas un suelo de madera, que ahora los finos llaman tarima, y que debería llamarse igual, nada cuidado, mate por el uso y en muchos casos con astillas del desgaste de una tropa en aquellos años desnutrida pero con ganas de luchar.
Don X, porque como ya os he dicho no recuerdo su nombre pero facilmente podría ser Enrique Gullón [o anterior], a la izquierda del aula según entrabas, al fondo a la derecha una puerta que conducía a otro aula y desde ahí al patio.
Lo primero al entrar y estar todos nos hacían cantar el Cara al sol y rezar un padrenuestro, luego la clase, recitando las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir. Unas libretas, que aun conservo medio destrozadas, de rayas y escritura.

Luego venía el recreo y en él, en un bidón de cartón encerado echaban agua caliente y unos polvos con el que se hacía leche que te daban en un cazo que tenías que llevar desde casa, la mayoría de nosotros atado al cinturón para no perderlo y si no a los tirantes, que por entonces era el sostén de la intimidad varonil. A la leche la acompañaban con un rozo de queso amarillo del que aun conservo el olor y el sabor en la mente. Se da por sentado que era un “obsequio” del Tío Sam para nosotros los niños de una España en ruinas.
Deberes los había, y uno que por entonces era un “listillo”, cuando llegaba a la calle de la Iglesia y se sentaba al brasero a hacer las cuentas, se inventaba los resultados, es decir, ponía los números debajo de la línea de la suma al buen tuntún. Lo importante era acabar pronto y salir a jugar a la calle. No había derecho que pasando como pasabas medio día en la escuela tuvieras que seguir en casa. De esto me acordaría con frecuencia cuando mis hijas regresaban del colegio y las enviaba a hacer los deberes.
De la escuela siempre recordaré los momentos estelares. El día 22 de Diciembre, cuando nos daban en la escuela un libro y un “gallito” y bajando San Antón la sinfonía del “ha barruntao el gallito, ha barruntao el gallito” era la alegría de la Navidad. El otro era cuando acababan las clases, aquel día de verano era el más feliz de mi vida. Tres meses sin subir la calle todas las mañanas. Solamente la subiría con mi abuelo de camino a la peluquería con la ventaja de no llegar a la escuela.
Tres años estuve subiendo y bajando San Antón, a los nueve decidieron que a estudiar a Madrid.
Tanta y tan buena preparación nos dieron en la escuela, aquella de ladrillo, que en lugar de entrar en Grado medio como me correspondía, me metieron en Ingreso.
¡Qué coño se creían esos curas!
En cadalso teníamos los mejores maestros y nosotros éramos los mejores alumnos.
Y también, la lengua, la de las palabrotas, era la más florida del reino.
Nunca aquel colegio de curas fue como aquellas escuelas de ladrillo rojo con suelo de madera y pupitres que te rasgaban los pantalones. Nunca en la escuela te obligaban a ir a misa una tarde si y otra no. Nunca ha sido lo mismo subir San Antón que Martín de los Heros al igual que nunca será mejor la Plaza de España que la plaza sin apellido de Cadalso.
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  1. #1 por Anonymous el 29/10/2009 - 17:20

    Gracias, una vez más, Tony. Me encantan estas HISTORIAS tan Cadalseñas que nos regalas. Es como asomarse a un pozo, como esos que había en los huertos de Cadalso y mirar, reflejadas en el agua, todas esas vivencias, personas, personajes, paisajes y momentos que, prendidos en la memoria, cuando afloran, a mí al menos, me “titilan” el corazón.
    Un saludo.Balta

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