Añoranza

Se te echaba de menos, gracias Miguel.



Me cayó la ciudad encima y me destrozó.
Venía de oír el rumor del viento y el canto de los gorriones mientras el sol invernal irrumpía por la ventana realzando la intensidad de los colores y acariciando mi placidez. La capital se me precipitó según avanzaba entre la gente y de súbito estalló todo el sosiego que mi pueblo, de manera paciente y cariñosa, me obsequió durante los últimos días.
De la refriega brotaron de mi mente delicados recuerdos que conseguí poner a salvo de esta ciudad agresiva e inhóspita que me aísla y abandona a mi suerte. Retornaba de ver, desde mi balcón abierto a la vida, los atardeceres rojizos y humeantes de la inmensa llanura del sur que atrapé con los ojos tornasolados y dulces de mi mujer y mis hijos para así descubrir con ellos nuevos matices que les fueran desconocidos a los míos.
La metrópoli pasó sobre mí y me dejó roto y desconcertado. ¿Qué hago aquí entre tanta competencia e intriga? ¿Qué hago entre tanto premio literario, tanto pintor famoso, tanta persona inteligente, tanto político con futuro, tanta gente educada y mujeres tan refinadas? Llegaba de otro lugar, de otras personas, de otros artistas anónimos, de otras noches agónicas a quienes ellos inmolan su vida apasionada. Os digo que regresaba de vibrar con todo eso y en un descuido, ¡zas!, me inundó el maremagno de la urbe.
No lo merezco, en realidad no lo merece nadie. ¿Qué hacer? De momento pasaré unas noches recluido en mi soledad, diseñando el espacio que en mi casa de Cadalso ocupa el frío, analizando sus macizos olores, localizando los ruidos nocturnos que alberga o recorriendo las baldosas que la configuran. Será entonces cuando lo nimio que allí es normal, adquirirá aquí una dimensión de melancólica belleza.
Volvía de la noche de mi pueblo en la que me encontré con el abrazo de unos amigos; en aquel amasijo de emociones descubrí el amigo pródigo y como buenamente pude le ofrecí mi mano y mi mirada, fué entonces cuando comprendí que la auténtica razón de ser de mi existencia se encontraba allí. Aparecíamos desde confines lejanos y distantes y en aquella fugacidad encantada fuimos felices. ¿Para qué más? Ahora no sé, ¡mira por donde!, si la ciudad me cayó encima o fueron aquellos momentos cadalseños los que me dejaron bajo ella implorando comprensión.
Miguel MORENO GONZÁLEZ
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