Un día repetido.

Los niños corren sobre el incómodo adoquinado persiguiendo palomas que les hacen quiebros y parones; estos, sus cotidianos aconteceres, les causan trastabilleos que dan con ellos en el suelo arrastrando el pecho y con los brazos extendidos hacia adelante. Son listas las “jodías” palomas arrancando a los infantes carreras gozosas y llorosas.
Un grupo de personas, -posiblemente destinatarias ideales de los sueños del creador que muchas veces justifican su propia existencia artística-, se recrean observando a caricaturistas y pintores que son fieles a este lugar instalándose, desde años ha, en su rincón más frío y oscuro; cuestión de matiz artístico o municipal, supongo.
La gente cruza buscando las arcadas salidas situadas en las esquinas de la plaza, en ese desfile interminable van formando aspas imaginarias con las estelas que dejan a su paso. Es un fluir armónico y generador inconsciente de futuro. A la sombra de la estatua ecuestre se han sentado con las piernas cruzadas, como indias en conciliábulo, tres ninfas adolescentes, dibujan en sendos cuadernos de dibujo apoyados sobre sus regazos escenas de sol y piedra. Periódicamente surgen bandadas de niños chillones perfectamente alineados y conducidos por unos mayores estratégicamente situados a sus flancos; recuerdo una mañana de niebla navideña en que mi hijo formaba parte de uno de estos grupos, yo me hice el encontradizo para más tarde seguirlos a escondidas hasta una plaza cercana; hoy, al evocarlo, reconozco que fui feliz en aquellos instantes. Ahora son dos viejecitos los que pasan agarrados de la mano, su caminar es una mezcla de enfermedad y amor. Me entusiasma lo segundo, desdeño con rabia lo primero por lo que tiene de castigo innecesario. Una pareja de enamorados se detiene para no salir en la fotografía que tiran unos turistas. Bonito y respetuoso detalle. A mí, a decir verdad, y sin querer ser irreverente, me agrada saber que puedo aparecer en instantáneas desconocidas y ser contemplado anónimamente años después a miles de kilómetros, en ignotos parajes y por ojos a los que les acabaré pareciendo familiar con la visión reiterada de la foto; es una manera inconsciente de vivir en otro mundo, o algo parecido. Observando ensimismado este sitio pienso que debo aprender arquitectura y relaciones humanas, que la ciudad cobra ante mí una dimensión de arquitectónica y humana cadencia; vamos, que se reencarna en la frágil belleza que rodea los edificios y las ilusiones de sus transeúntes.
Este día lo tengo “repe”; es decir, existió para mí hace algún tiempo. Sólo cambian las gentes y las cosas de su entorno pero el día es el mismo de entonces. Es un día eterno que incluso puede llegar a repetirse en el futuro. Si la tierra al girar vuelve sobre sí misma, ¿Por qué a los días no les puede pasar algo parecido?, ¿posee el infinito, o el cosmos, o el universo, o el firmamento, o la mente, o lo que sea, sólo una factoría de días diferentes que están por llegar?, ¿contará también con misterioso archivo de jornadas ya vividas? A lo mejor resulta que de vez en cuando, por tomarse un respiro o por un capricho placentero, vete tú a saber, quien administra el tinglado de a diario va y manda días que ya pasaron por aquí, como si fueran varios discos de una misma sinfonía que sus notas nos sorprendieran en espacios y momentos inopinados. Serían placenteros o inhóspitos que de todo hay en ellos.
Éste es luminoso, de esos que te atrapan y te hacen cautivo de su encanto. Cuando lo viví hace años en Cadalso era día de agonizante primavera. Yo estaba con mi madre, mi abuela y otras mujeres en un meandro del arroyo Tórtolas, cerca de “El Lagar”, para ser más exactos.
Ellas lavaban sábanas blancas arrodilladas sobre banquetes cubiertos con cojines caseros que ayudaban a proteger sus rodillas. En aquellos banquetes que portaban graciosamente recostados en la cadera, aprovechaban para llevar el jabón de aceite hecho en casa, los calcetines, los pañuelos… en fin, la ropa más menuda. Sus manos arrugadas por el agua y la lejía mostraban unos dedos azulados y pequeños de lavandera. Dedos cortos de artistas del agua como largos son los dedos de los artistas del piano. Restregaban la ropa contra las lajas o lanchas brillantes que cegaban -y siguen cegando- mis ojos mientras un agua cristalina y risueña se precipitaba cauce abajo. Según acababan cada colada la iban tendiendo cuidadosamente en tendederos que ellas mismas preparaban con palos y cuerdas a un sol que nunca llegó a ser tan bello como en este día repetido. Acompañaban toda labor con cantos típicos cadalseños, o de otros lugares, que a mis oídos sonaban a música celestial; colaboraba a ello el apacible y melódico ruido del agua, el quejido del viento chocando contra las hojas de los inhiestos chopos que, después, pasaba más abajo a enroscarse entre los juncos, y el dulce y sonoro piar de los pájaros…; Todo aquello se identificaba con aquel momento mágico e inolvidable que sólo se veía alterado a la hora de la comida -casi siempre a las dos de la tarde- compuesta fundamentalmente por tortillas de patatas campestres que, todavía hoy, su fascinante aroma sigue suspendido sobre “El Lagar”.
Yo, entre tanto, estaba tumbado a lo largo, encima de un manto de verde intenso con la barbilla reposando en el revés de mis manos y entretenido en observar los vaivenes acelerados de las hormigas, que conformaban un disciplinado y algo romántico ejército, avanzando a la búsqueda de un ideal perdido que vagaba por la selva peligrosa y desconocida de las hierbas del prado. Cuando la sed apremiaba acudía a un remanso del arroyo y con el cuenco de mis manos tomaba el agua que calmaba mi sed; antes, suavemente, cuidando de no enturbiar el agua, apartaba las partículas flotantes, los “caballitos del diablo” o libélulas y los “aclara-aguas” que, según tenía entendido, no había que dañar porque se encargaban de “aclarar” el agua para que ésta fuera potable. No sé si sería verdad pero lo cierto es que ahora todo me parece hermoso y un tanto irreal. En aquellos menesteres bucólicos y en otros que no desentonaban de los descritos me tiraba las horas muertas hasta que resucitaban milagrosamente al caer el sol para regresar al pueblo: las mujeres con los cobanillos de ropa limpia sobre sus cabezas, -algo normal para ellas, prodigio para mí-; y yo, con unos pantalones cortos que en invierno fueron largos, marchaba a su compás oyéndoles contar desazonantes leyendas cadalseñas que acababan intrigando mis pensamientos nocturnos. Y, así, más aproximada que lejanamente, discurrió este día la primera vez que yo lo viví contando siete u ocho años.
Días repetidos como éste justifican por si solos una pequeña existencia como la mía. Conforme camino voy meditando y callando mis emociones; abandono la Plaza Mayor por el arco de la calle Botoneras, allí el recuerdo de mi padre se hace más firme. “-Por el mismo precio aquí las cervezas son más grandes”, me decía como el que no quiere la cosa, para añadir un poco más tarde ya con una voz más íntima y con un tenue hilo de agrado adornando sus labios: “-Es raro, pero siempre que vengo a Madrid me invade la nostalgia por la juventud perdida”.
Luego me llevaba por las calles del Rastro y me enseñaba a querer lo pequeño casi sin pretenderlo; de tanto en tanto, de soslayo, yo buscaba en aquella su mirada segura y de seductora melancolía, la confianza que a mí me faltaba y de paso, también, intentaba esconder la indecisión que me sobraba. De estos días “repes” tengo cientos, él lo sabe muy bien.
Miguel MORENO GONZALEZ
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