Frío en el cuerpo y lumbre en la esperanza.

FRÍO EN EL CUERPO Y LUMBRE EN LA ESPERANZA
No es mala tarde, no. Pero conocí otras peores. A eso de las 16,00h. comenzó a nevar en Madrid. Andaba yo subido a la bici estática que tengo en la terraza leyendo una biografía de Cervantes mientras que por la rendija de la ventana que tengo abierta para la ventilación, observaba como comenzaban a caer pequeños copos blancos como si fueran trocitos de tela diminutos desprendidos del vestido inmaculado y nupcial de esa novia primaveral que nunca llegó a ser.
Después de ducharme me asomé de nuevo y vi cómo seguía nevando poco a poco, perezosamente y sin mucha convicción, era la culminación al frío inesperado que noté esta mañana cuando salí de casa para ir a trabajar. Según cerraba la ventana y encendía la calefacción, me vino a la memoria un maravilloso día soleado del pasado julio vivido con Paloma en una playa de Almería. Y ahora, sin saber por qué, me impresiona de esta tarde de enero este contraste, esta magia de la Naturaleza que nadie puede prever y que a mí me alumbra por dentro.
Se me habían olvidado ya los rigores de los fríos de mi infancia, cuando salíamos de mañana camino de la escuela y los carámbanos helados colgaban de los aleros de los tejados de San Antón. En las aulas como única fuente de calor (junto con algún que otro guantazo), poseíamos una estufa de leña situada en un rincón junto al maestro. Los padres ya hacía tiempo que estaban en el campo de Cadalso ganándose el jornal y si tenían frío lo disimulaban muy bien hacia dentro, como siempre hacen los hombres buenos. Yo nunca los recuerdo ateridos cuando algunas mañanas invernales los veía ante la puerta de Coloniales Sinfo esperando, dignos y humanos, que los más pudientes los contrataran para que fueran a trabajar sus tierras.
En las casas no teníamos calefacción, ni agua caliente, ni puertas ni ventanas herméticas que impidieran pasar el quejido helado del aire invernal y los ruidos inquietantes de aquellas noches solitarias y misteriosas salidas de un cuento desazonante. Sólo teníamos pensamientos en un futuro cálido y teníamos una lumbre entrañable de leña de pino y sarmientos que atizaba mi querida abuela buscando apaciguar nuestros anocheceres. Y también sosteníamos mantas pesadas sobre unas sábanas a las que entrabas tan temeroso y encogido como cuando ibas a ponerte una inyección a casa de Enrique, el practicante. Y así pasaba nuestra infancia, entre el frío del cuerpo y la lumbre de la esperanza.
Ya son las 21,00h. Ha parado de nevar y según oigo sobrecogido y entusiasmado a Beethoven, con esta ignorancia mía tan supina, cordial y molesta, pienso que llevo toda la tarde encantado, como cautivo de unas sensaciones a la vez alegres, a la vez tristes, aletargado a mi suerte, convaleciente de penas y amores, rindiendo cuentas a mis nostalgias, sembrando recuerdos futuros y roto por las pérdidas pasadas, derrotado anímicamente por los días que pasan sin tiempo para saborearlos con el apasionamiento del amor irrepetible y fugaz, renunciando a la lucha por ser el primero y abandonado a mis sueños de ser uno más. ¿Qué importa todo lo demás si aún puedo sentir, si aún me emociono cuando soy testigo de un detalle de amor, si aún recuerdo a tantos seres maravillosos que me quisieron ayer para quererlos yo hoy, si esta mañana aún tuve el desamparo incrustado en el corazón y esta tarde ya tengo el sol metido en el alma derritiendo los viejos miedos invernales? Decirme entonces: ¿Por qué nos acaba el tiempo si únicamente aspiramos a querer?
Miguel Moreno González
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