El palacio de la Moncloa

El palacio de la Moncloa fue en principio una finca de uso agrario que, por su buena situación, se convirtió posteriormente en una casa-palacio.
Pertenecía a principios del siglo XVII a Ana de Mendoza, condesa de Cifuentes y, tras pasar por varios propietarios, fue adquirida por Juan Croy, conde de Sora, siendo conocida a partir de entonces como huerta de Sora. En 1660 fue adquirida por Gaspar de Haro y Guzmán, marqués del Carpio y de Eliche, dueño de la vecina huerta de la Moncloa, nombre que procede de sus antiguos propietarios, los condes de Monclova, que dio lugar posteriormente a Moncloa, tal como lo conocemos hoy. Gaspar de Haro mandó construir en lo alto un palacio que más tarde sería conocido como de la Moncloa al quedar las dos propiedades -la huerta de la Moncloa y la huerta de Sora o de Eliche- unidas. Ambas huertas, junto con el resto de las posesiones que tenía el marqués de Eliche en las inmediaciones fueron heredadas por su única hija, Catalina de Haro, casada con Francisco Álvarez de Toledo, décimo duque de Alba.


Tras pasar por diversos propietarios, entre ellos Antonio Joaquín Guerra, marqués de Guerra -de ahí que por un tiempo fuera conocida como la huerta de Guerra- fue adquirida en 1781 por María Ana de Silva y Sarmiento, duquesa viuda de Arcos quien, al morir en 1784, se la dejó a su hija Mª del Pilar Teresa Cayetana de Silva, decimotercera duquesa de Alba. A la muerte de la duquesa, en 1802, Carlos IV adquirió el palacete y la huerta para añadirlos al Real Sitio de la Florida que, a partir de entonces, fue conocido como el Real Sitio de la Moncloa. En 1816, el rey encargó a Carlos Isidro González Velázquez que restaurara el palacio.


Treinta años más tarde Isabel II cedió al Estado toda la propiedad de la Moncloa que pasó a depender del Ministerio de Fomento. El palacio de la Moncloa volvió a ser restaurado por Joaquín Ezquerra del Bayo en 1929 y durante la Guerra Civil el edificio fue destruido siendo reconstruido por Diego Méndez en 1955 siguiendo el modelo de la Casita del Labrador, de Aranjuez. Entonces fue destinado a residencia oficial de jefes de Estado en visita a España y altas personalidades.
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