Aquel pueblo.

Todavía en los años 70 en aquel pueblo los barrizales de las calles eran el pan de cada día, el agua bajaba de la sierra por mil arroyuelos que lo atravesaban de lado a lado, de sur a norte. Los chicos, aun en edad escolar, ayudaban a sus padres en las tareas del campo. Sus horas de juego eran las menos. Primero a la escuela y luego con su familia.

Un autocar les recogía a la entrada del pueblo, en invierno con las botas puestas, llenas de barro y en el mejor de los casos de nieve. En la cartera o en la mochila, e incluso en una bolsa de plástico llevaban unas zapatillas para no poner a caldo la escuela.
Diez o doce kilómetros les separaban de ella, un camino en el que algunos se quedaban dormidos por el cansancio acumulado del día anterior.
Muchos de ellos se habían acostado tarde después de acabar de ordeñar las vacas con su padre, o se habían levantado muy temprano para que la leche quedara en las cantaras a la espera de que el camión se pasara a recogerla.
A la vuelta la alegría de salir de la escuela sin pensar que más dura iba a ser el resto de la jornada. Pero alegría que no falte. Y por la tarde vuelta a empezar con la misma tarea, nada de tractores ni remolques para dar de comer al ganado.
Los veranos tenían una parte buena, no había escuela, ni viajes en aquel autocar que gemía en la cuesta.
Las tareas del campo llevaban a los críos a la extenuación. El carro con los bueyes era la ayuda más agradecida pero había que cargarlo y antes haber segado la hierba.
Desde chicos aprendían el secreto del buen manejo de la hoz y incluso de la guadaña.
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