Aquellos chalados en sus viejos cacharros.

Cuando Julio vivía en Segovia tuvo primero un Biscuter,
luego un DKW con la carrocería de madera,
La familia había crecido y aquel Biscuter de los primeros años no podría con todos.
Posteriormente compró un Dauphine, el coche de las viudas le llamaban entonces porque al ser un todo atrás y por el poco peso que tenía más de uno había acabado en la cuenta.
Era rojo, como el de la foto, y andaba de maravilla, era muy manejable con un motor de los de verdad. Julio le había metido un para de sacos de arena en el portamaletas, que estaba delante para que en aquella zona de vientos. Con el se recorría la provincia todas las semanas. Eran tiempos de pluri-empleo.
La familia siguió creciendo y sin desprenderse del Renault, y ya en Madrid, compró un 1500 familiar. Un tanque, un tanque de verdad.
Los yernos de Julio siempre se lo pedían para sus andanzas de mudanzas, excursiones o cuando los suyos andaban en el taller. Ir en un 1500 familiar por el tráfico de Madrid era garantía de que ni los autobuses se acercaran. Eso era con suerte porque si Julio te daba las llaves del Dauphine significaba que todo el mundo te miraría pensando que eras un suicida.
Cierto día uno de ellos paró en el semáforo de Jorge Juan esquina a Alcalá, cuando arrancó hacia Narvaez un taxi, un Renault 10, que se había saltado el suyo de Alcalá tubo la desdicha de cruzarse en el camino. Fue como si el rayo de Zeus le rajara todo el lateral desde atrás a alante.
El taxista lloraba, tenía taller para más de un mes, el municipal que vió la escena se revolcaba de la risa y mi hermano Carlos, que amaba a los taxistas más que nada en el mundo, se sentía satisfecho del encuentro. El 1500 no tenía un rasguño.

Mi padre cambió de coche, nos dio pena, aquel seiscientos había sido la gloria para todos y el maestro fiel del aprendizaje.
Compró un Renault 4, un 4 latas como entonces le llamaban. Mi primer viaje en el fue un mes de Agosto por la carretera de Extremadura, era el año 73, íbamos de boda a Don Benito.
Yo me imaginaba en aquel viaje como sería estar en el infierno. Las tres de la tarde sin una nube que nos diera sombra y aquellas ventanillas que se corrían hacia atrás en vertical y por las que entraba un fuego abrasador.
Otra tarde, conducía Carlos en dirección a Cadalso y en el puente anterior a Aldea del Fresno quiso probar como se quitaba el tapón de la gasolina sin bajarse del coche. Y lo logró, se pasó de frenada de aceleración y de… yo que se cuantas cosas. Arrancó el tapón con la barandilla metálica del puente. Creo que debería estar en el Guiness.
Hizo su apaño, cuando mi padre murió, al coche lo cortamos el techo y la puerta trasera y le usábamos para bajar a las viñas, hasta que un día la guardia civil de Cenicientos nos paró y nos dijo que o tirábamos el coche o acabaríamos denunciados. Acho que se llevaba “muy bien” con los agentes les contestó que no estábamos para tirar nada y que si quería denunciar que denunciara. El coche acabó en el desgüace (creo).
Recién casados nos compramos un R-5. Nuevecito, má naranja y más bonito que un San Luís.
Con él nos recorrimos media España, incluidos los Pirineos y los picos de Europa.
Le metimos por mil sitios, cruzó no se qué río, cerca de la garganta del Cares, por dos vigas de hierro, atravesó una riada delante de un autobús volviendo de Valencia. Le llegó, en ese momento, el agua tan hasta arriba que al llegar a Cuenca, tiritando de frío y miedo vimos sobre la batería restos de agua y pajas.

El tener el escape a un lado sirvió para no quedara atrapados en el agua que salaba por la carretera. Inconsciente de mi.
Con este coche volviendo de Cadalso a Madrid un domingo por la tarde de Agosto, con María de seis meses en el asiento de atrás en su capazo y llorando por el calor como una descosida, y una caravana del carajo me prometí no volver a pillar un atasco en mi vida. Lo he cumplido la mayoría de las veces. Salir media hora antes muchas veces te vale para evitarlo.

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