CASTILLA Y LOS CASTELLANOS (MIGUEL DELIBES)


Y con el agua se desató el viento y, por la noche, ululaba lúgubremente batiendo los tesos. El bramido del huracán desazonaba al niño. Se le antojaba que los muertos del pequeño camposanto, conducidos por la abuela Iluminada y el abuelo Román, y las liebres y los zorros y los tejos y los pájaros abatidos por Matías Celemín, el Furtivo, confluían en manada sobre el pueblo para exigir cuentas. Pero esta vez el viento se limitó a desparramar la gran nube sobre la cuenca y amainó. Era una nube densa, plomiza, como barriga de topo, que durante tres días con tres noches descargó sobre el término.


Y los hombres viejos, a quienes la niñez les parecía un tesoro y la vida un desatino prescindible, pensaban que la insolidaridad de la vida moderna les había cogido desprevenidos. Ellos permanecían sentados a las puertas de las casas y se dejaban mojar mientras se frotaban jubilosos sus manos encallecidas y decían mirando al cielo entrecerrando los ojos: -Ya están aquí las aguarradillas. Este año fueron puntuales. A la mañana del cuarto día, el silencio despertó al Nini. El niño se asomó a la boca de la cueva y vio que la nube había pasado y un tímido rayo de sol hendía sus últimas guedejas blancas y proyectaba un luminoso arco iris de la Cotarra Donalcio al Cerro Guisando. Al niño le alcanzó el muelle aroma de la tierra embriagada y tan pronto sintió cantar al ruiseñor abajo, entre los sauces, supo que la primavera había llegado.
Fue entrando marzo sin nubes ni frío; tan solo, muy de mañana, unos pequeños jirones de niebla blanda agarrados al Cerro Casillas que, a medida que se disipaba, iba levantando el cielo y tiñéndolo de azul. El sol tenía un tono descolorido según iba surgiendo por detrás de la Peña Muñana. Desde las copas de los pinos que estaban asentados en las eras, resbalaban por sus dulces ramas, que parecían peinarse con las primeras brisas del día, unos ahogados suspiros.


Los árboles tienen sus sentimientos, pensaba Nilo, el Viejo, mientras placidamente permanecía tumbado a la sombra de los viejos árboles escuchando los livianos chasquidos que sosegaban los imperceptibles crujidos del campo. A lo lejos, entre las lomas de Lancharrasa, parecía surgir a una velocidad endiablada, un joven ciervo que, sin saber a santo de qué, le recordó a su mujer difunta. Entonces comprendió que amó de ella hasta sus felinos desplantes… Nilo, el Viejo, entonces, se fue quedando adormecido, mientras sentía una vaga impresión de compañía en aquella triste soledad…


P.D. ¿No os parece, leyendo este fragmento de su obra literaria, que nadie como Delibes supo plasmar nuestra tierra castellana y a nosotros, los castellanos?
Miguel Moreno
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