Una historia de los 60.

Aquel mozalbete estaba harto de las sandalias que le cocían los pies en pleno agosto cadalseño, así que decidió irse a la “droguería” de la calle Real.

Entró y se encontró a las dos hermanas sentadas a la mesa camilla desde la que se divisaba por el escaparate la calle. Era su lugar de observatorio para saber todo lo que pasaba en el pueblo, además de las visitas normales de “las reporteras soplonas”. A las 8 de la tarde llegaba El Gato y los que venían de Madrid subían por la calle. El observatorio puntualmente tenía conocimiento de los viajeros.
A lo que íbamos. El mozalbete en cuestión preguntó por unas zapatillas de cáñamo que le mantuvieran frescos los pies en esos meses de vacaciones.
– Quiero unas zapatillas de cáñamo que estoy harto de estas sandalias.
– Pues… no tenemos, bueno tenemos unas pero no se venden porque son muy feas.
– Enséñamelas y yo decidiré si me gustan o no. Sólo me importa la comodidad.
Una de las hermanas se sube a una silla y de la estantería de arriba coge una caja con el nº 37.
Nuestro cliente se fija en que hay más cajas con los mismo dibujos y de otras tallas.
– Toma son en 37, te estarán bien.
– No, necesito un 38.
Sin bajarse de la silla toma otra caja y se la da.
Se prueba las zapatillas ve que le sientan bien, mete sus sandalias en la caja del otro calzado y pide el precio.
– No valen nada, como no las vendemos te las regalamos.
– Que no.
– Que si.
Sale a la calle y al cabo de unos metros se da cuenta que las zapatillas son de tres colores.
(Se da por supuesto que no son estas, eran de esparto)


Rojas, amarillas y moradas. Zapatillas con la bandera republicana.
Nadie se da cuenta de los que se cruzan con el que lleva semejante afrenta.
Llega a casa y cuenta la historia.
Le dicen que vuelva y que les obligue a cobrárselas, el dice que no, que se querían desprender de ellas porque tienen la bandera republicana, sus hermanos quieren otras, le piden que vaya a por ellas y después de muchos ruegos acepta.
Vuelve con el sol de agosto a la “droguería” y pide que le den tres pares mas de tal y tal número.
– Pues no quedan más, las otras que te has probado se las acaban de llevar.
El inocente pregunta:
– ¿Y esas cajas que son iguales?
– Esas son de otra clase.
Su educación no le permita seguir discutiendo, se va cabizbajo pensando que le han engañado y preguntándose desde cuando estaban ahí esas zapatillas.
Disfrutó de sus zapatillas republicanas todo el verano, sólo se las quitaba para jugar al fútbol.
Fue su verano de homenaje a la república.
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  1. #1 por Miguel Moreno González el 13/04/2010 - 21:18

    Bonita historia. Como todas las que cuentas que desprenden ese sabor a tu vida más hermosa y querida. Y a lo mejor nos cruzamos por la calle Real y no nos dijimos nada. Por ello -quizá- ahora intentamos recuperarlo, aunque solo sea un poquito y a lo mejor ya sea tarde… No sé, estas cosas siempre dejen en mí un pequeño amargor por la vida pasada, o quizá perdida. Yo también tengo mi pequeña anécdota republicana: Al volver de Argelia, una de las primeras cosas que hice fue comprarme dos banderas -de mesa- de la República en una tienda militar de la calle Mayor. Y años después me regaló un amigo una banderita republicana para la solapa de la chaqueta. Son los restos de una idea hermosa que sonaba a solidaridad y comprensión. Después, algunos en los que uno creía, se encargaron de irle dando machetazos de desilusión monetaria a mi ilusión de entonces. Y ahora, ya solo aspiro a que me dejen en paz y tranquilo, con mi pueblo (y el tuyo), mi bici, mi mujer, mis hijos y mis melancolías… que me invaden sin previo aviso. Como lo están haciendo ahora.
    Un abrazo, Tony.

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