Sotosalbos visto con los ojos y el corazón. (2)

El tiempo.

No el que pasa, porque éste lo hace despacio en un pueblo que no tiene prisa. Incluso los pocos ganaderos que se dedican a ello exclusivamente lo hacen sin acelerarse. Algún día que quedemos, porque lo tenemos pendiente, me iré con Chemi a echar de comer a las vacas, aun no hemos encontrado un momento. El lo hace a cualquier hora, siempre le esperan.
A lo nuestro. Los inviernos si vienen duros, aprietan el ánimo, y lo son especialmente cuando nieva.
Los carámbanos cuelgan de cualquier tejado, las calles se intentan limpiar pero el frío puede más y algunas quedan como pistas de patinaje.
Los jardines se cubren, nadie diría que después en primavera pueda salir con tanta fuerza esa hierba que nos refresca el ambiente, que los ganaderos esperan con ansia para que las vacas pasten. Para el pasto hay en Sotosalbos dos zonas, una al norte del pueblo y otra al sur. La nacional las divide y cuando llega la época de cambiar las vacas llaman a la guardia civil, cortan la carretera y las pasan a la zona del Salío de Arriba, en la cañada.

Hay lugares en Sotosalbos que con la nieve parecen sacados de cuentos de hadas. El manto de nieve solamente roto por las rodadas de los tractores o los todo-terrenos. Y en las zonas donde el ganadero echa de comer quedan los restos de hierba seca y paja que dan el color amarillo que al manto blanco parece faltarle.
Cuando recién nevado sales a pasear no se distinguen calles de carreteras o asfalto de tierra hasta que alguna máquina de la conservación despeja el camino llamadas en auxilio por el ayuntamiento o algún vecino que pasa la pala para despejarlas.
Luego llega la primavera, tardía, y el verano y el pueblo luce con todo su esplendor, el parquin de la entrada se llena de coches de visitantes con ganas de un buen cordero asado, un paseo por el campo y un lugar donde soltar a los críos.
En la iglesia de Sotosalbos se celebran bodas de capricho, es decir, aquellos novios que sean o no de Segovia eligen San Miguel para su ceremonia, entonces el pueblo se llena de visitantes elegantes, ellos se cuelan a la taberna y ellas las pasan putas para andar con esos tacones de aguja por las calles del pueblo.
Las menos se quedan en el pueblo a la celebración, para eso últimamente tenemos Duque. En verano y bien entrada la noche comienzan los sábados el hilo musical de la boda. El viento trae las notas de Paquito el chocolatero y parecidos bodrios. Si bien antes por el camino a Collado comienza el desfile de coches que como imagináis no van a su 20 marcado.
Todo sea porque una parejita se sienta casada felizmente.
Ya entrado el verano y con más habitantes y más riegos inconscientes llega la falta de agua. Da pena ver en primavera correr los arroyos que pasan de largo… ¡nos acordaremos más tarde!
Algún día se remediará o al menos esa es nuestra esperanza.
Se acerca ya el plantar el huerto. Yo me asomo a la tapia cuando oigo a Isidoro ó Miguel, los vecinos de al lado y les pregunto:
– ¿Cuando plantamos el huerto?
– Para San Isidro.
Y para el 15 de mayo los tres coincidimos plantando los tomates, calabacines… y miramos el huerto recién plantado y nos sentimos un poco más felices y Martín, el padre de Miguel, a primeros de septiembre siempre me pregunta si estaban buenos los tomates que le he birlado y siempre le contesto que ya no puedo saltar la valla que me duele la espalda y estoy para pocos trotes.
El mío, …bueno, de momento me conformaré con recordar la pasada campaña. El de Isidoro, el de al lado de su casa está listo. Ya están los cebollinos plantados y el resto de la tierra preparada para recibir las nuevas plantas.

(continuará)
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