El afán de prohibir

Me parece muy puesto en razón. Lleno de esa cosa que todos llevamos dentro: Contradicción. Si fueramos capaces de razonar de vez en cuando, seguramente no estaríamos permanentemente manteniendo batallas que nos conducen al aislamiento, al rencor y por fin a la melancolía. Precioso, me siento muy identificado con Carmen.
Miguel Moreno

Por su interés, reproduzco un artículo de Carmen Rigalt:


Cuando arreció la movida antitaurina caí presa de una emoción confusa que andando el tiempo se ha convertido en contrariedad. Eso no tendría nada de extraño sino fuera porque yo soy antitaurina y debería celebrarlo. Después de pasarme la vida abominando de los toros, ahora me encuentro en una situación incómoda. He dedicado buena parte de mis insomnios a resolver dudas, pero no he conseguido descifrar la inquietud.

Sólo se me ocurre una explicación: pertenezco a esa clase de personas que se reafirman a fuerza de ir contracorriente. En ese territorio no rige la cabeza ni el corazón, sino el hígado. Los arrebatos hepáticos, que están cargados de sinsentido, me han llevado a la actual situación. Total, que sigo siendo antitaurina, pero menos.


Mi beligerancia se ha relajado. Preferiría mantener mi postura a salvo de arremetidas sentimentales, pero yo no mando en mis sentimientos: la razón y la emoción están permanentemente en litigio. No soy una idiota que profiere consignas entre espasmos verborreicos. Intento ser coherente, aunque algo me dice que la coherencia es un término acuñado para bloquear el librepensamiento. O sea, una cortapisa.

Me conmueve la muerte de los animales, pero mi vida está poblada de sueños de albero, con vencejos chillando bajo el manto de la tarde cuando la plaza está en misa.


Prohibir los toros es darle alas a la fiesta. Cataluña se saldrá con la suya, pero Esperanza Aguirre, también. Ella se hará fuerte y reinará en el limbo de la nostalgia. Las prohibiciones son el mejor alimento para los sueños. Yo fumo y por tanto no quiero que me quiten el tabaco. Pero no voy de putas y sin embargo, no comparto los deseos de Aído. Con los toros me pasa tres cuartos de lo mismo: no soporto las matanzas de animales, pero no escribiré una linea para que prohíban las corridas.



El otro día abandonó Julio Aparicio el hospital. Entró descuartizado y salió entero. Una cornada le había atravesado el rostro como un pinchito moruno y los cirujanos hubieron de hacer horas extraordinarias para devolverle la fisonomía. La foto del horror dio la vuelta el mundo, la Red tembló y los bárbaros del norte (Europa) vomitaron diatribas contra España. Un mes antes, José Tomás también nos había estremecido con una cornada antológica. En ambos casos, la ciencia ha obrado el milagro. Aunque el mayor milagro son los toreros, que mueren y resucitan muchas veces porque pertenecen a una especie ya extinguida: el héroe mitológico.

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: