Los helados del verano

Por entonces pasábamos tres meses de verano en la granja, jugando al fútbol en la carretera, haciendo “guerras” de lo que se terciara y sobre todo esperando al tío Zoilo a eso de las siete con su carrillo de helados.

No llegaba hasta la granja, se paraba en el cruce y salíamos corriendo los días que habíamos conseguido dos reales para nuestro “cucurucho”.
Un cucurucho que duraba instantes, todos chupábamos de los que habían tenido la fortuna de conseguir uno.
– Dame una chupadita de ese que es de fresa – sólo había dos sabores- fresa y vainilla.
– No, te doy una cucharadita, -eran de madera, pequeñas y ásperas- que luego metes la lengua hasta el fondo.
A los pocos años Zoilo comenzó a llevar polos de naranja y limón y unos de no se sabe qué que los llamaba de leche.
Por aquel entonces mi padre llegó de Madrid con un paquete y nos llamó.
– He traído algo para que tengáis que dejar el partido por salir corriendo al carro de Zoilo.
Expectantes, toda la panda se reunió alrededor del paquete.
¡Dios! ¡una máquina para hacer helados!
La felicidad en forma de artilugio.
Se llenaba de hielo, dentro llevaba un depósito donde se echaban unas natillas claritas que nos hacía la abuela. Y venga a dar vueltas a la manivela hasta que se helaba.
¡Dos litros de helado!. Helado para todos.
Una delicia imposible de olvidar.
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