Los Albertos

Pues no, no me refiero a aquellos dos bandarras que se casaron con las hermanas Koplovich, no.
Lo hago a dos artistas, uno de Sotosalbos, el otro de Hontanares. Uno ganadero, técnico en albañilería, en talla de madera… bueno según él en todo, aunque últimamente le he demostrado que los demás no somos mancos y que lo que hace él los demás también podemos hacerlo (a joderse).
El otro un maestro con el hierro, no hay pieza que se le ponga por delante que no sea capaz de terminarla con maestría. Para él moldear el hierro no tiene secretos.

Alberto, el de Hontanares se montaba con soldadura un comedero para las novillas del otro, el de Sotosalbos.
Aquel es el paño de lágrimas de este, si hay que hacer una puerta se hace, si hay que montar una estructura para la nave nueva, se hace, si hay que soldar en el remolque de la paja unas barras para sujetar los paquetes se hace. Lo que sea, sólo le hace falta un solador y las barritas de esas que se usan para soldar.
Al otro se le ha metido en la cabeza hacerse una mesa de comedor de álamo negro. Le gusta tornear a mano con gubia y martillo todo lo que se ponga por delante. Ya le dije un día: ¿por qué no te haces un teléfono móvil de madera?
Es fan del álamo negro, para el no hay otra madera como esa.
Ahora está con las patas de la mesa, mientras Alberto el de Hontanares suelda y suelda, el dale que te da a la gubia. Conociéndole como le conozco se, a ciencia cierta que le saldrá una mesa de museo, espero con impaciencia el final para poder decirle a la cara -por aquello del joder por joder- que ha hecho una mesa que es una mierda. Es lo que más le duele pero es que de vez en cuando hay que bajarle los humos porque Alberto, el de Sotosalbos, se eleva adrede y necesita que le den caña para bajarle al mundo de los vivos.
Te mostrará orgulloso su trabajo y en tu foro interno pensarás que tiene una manitas – (manazas)- dignas de artista, pero no hay que alabarle demasiado que luego la cresta se le levanta.
Lo cierto es que las patas tienen una pinta fenomenal pero… el ya sabe que a mi me gusta su trabajo.
Nos tomamos un botellín y por supuesto unas avellanas -su vicio- y les dejamos con su tarea.
Los Albertos son mucho Alberto y da gusto verlos trabajar, y además no hay que esperarlos ni buscarlos porque prácticamente están todos los días liados, puede anochecer y siguen con sus historias de hierros y maderas.
Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: