MISTERIOSOS ENCUENTROS

Suena Franz Liszt. Sus sinfonías y conciertos para piano me parecen cargantes. No me sobresaltan, no me elevan, no me emocionan. Sin embargo, una tarde de viernes lluviosa, yendo hacia Cadalso, sonó un vals melódico en la radio del coche que me atrajo. No lo conocía (conozco muy pocas cosas y a medida que me voy haciendo mayor cada vez conozco menos de todo, sólo reconozco que necesito que me quieran de manera arrebatadoramente bella), pero sus notas empezaron a envolverme y consiguieron que mi mente comenzara a volar imaginando historias cadalseñas enamoradas. Alguien nos ilustró diciéndonos que se trataba del Vals de Mephisto

y nos contó una hermosa leyenda: “El mito del Doctor Faust, símbolo de la condición humana que se debate entre Dios y el Diablo (Mefistófeles), atrajo la atención de muchos compositores románticos que le dedicaron sendas obras. Liszt debe ser incluido en esta lista. En 1.881 compuso el Mephisto Waltz, subtitulado Danza en la posada de la aldea. Para ello se inspiró en un poema dramático homónimo escrito por el poeta romántico alemán Nikolaus Lenau. Se relata cómo el héroe, en compañía de Mefistófeles, su guía sobrenatural, escucha una música de danza en una posada pueblerina. Cuando Mephisto se pone a tocar él mismo el violín, la danza toma un cariz desenfrenado y febril, y, al final, al oírse el canto de un ruiseñor, Faust y la hija del posadero desaparecen en la oscuridad…”


Pero nosotros no desaparecimos, seguíamos allí y, para mi sorpresa, aquel momento fue maravillosamente superado cuando a continuación oímos El poema sinfónico Nº3 de Los preludios, también de Liszt. Aquella música se me reveló como una fuente inagotable de emociones y me iba abriendo camino, entre pinos y lluvia, a nuevas y bellas esperanzas que yo ya estaba gozando sobrecogido. Ahora lo estoy oyendo de nuevo según voy escribiendo estas líneas que se enredan entre la fantasía de su música. Mis recuerdos inolvidables nacen de encuentros inesperados. Para ser más exacto diría que esos encuentros lo son con un amor que me hace vivir, volar, llorar y soñar. Nunca olvido estas composiciones ni cómo se me revelaron, tampoco olvido el encuentro con la Sinfonía “La Grandiosa” de Schubert, un mediodía de Septiembre viniendo de Denia a la altura de Arganda. No sé por qué él la llamó “La Grandiosa”, pero yo me inventé una historia y la acuñé para mí como auténtica y, a veces, a solas, vuelvo sobre ella y la perfecciono según me la cuento en la intimidad. Un día la escribiré y, subrepticiamente, la publicaré en La Red para que algún musicólogo o melómano se escandalice al leerla y me conteste en algún lugar con exabruptos rasgándose sus vestiduras musicales (que no sentimentales) y diciendo que eso es apócrifo y que no hay derecho a tamaña desfachatez.


Menos aún olvido cuando escuché Ante la Alhambra, de Bretón. Me sorprendió una tarde navideña, fría y con ventisca, paseando con Paloma por una urbanización cadalseña, sus notas se colaban como susurros por entre las rendijas de las puertas y las ventanas de un chalet impersonal, blanco y pequeño por fuera que no hacía presagiar la fascinación que ocultaba por dentro, ¡lo que nos confunden las apariencias! Cuando miré indagando, me pareció observar la majestuosidad de un hombre maduro con pelo largo peinado hacia atrás y provisto de fina batuta que esgrimía con tal delicadeza que parecióme que esas notas conmovedoras brotaban armónicas de ella hacia arriba, expandiéndose seguidamente hacia todos los confines alegrando a las criaturas del bosque. Mi encuentro con el 2º Movimiento de la Sinfonía Nº9 de Beethoven, tuvo lugar en noche melancólica. Leía a Delibes y sus acordes me llegaron como fondo musical que acompañaban a alguien desconocido. Sus vibrantes sonidos me sobresaltaron llenándome de optimismo e hicieron que me reconciliara conmigo mismo al momento. Floté durante un tiempo eterno por lugares remotos y placenteros y, desde entonces, cada vez que le oigo, me veo siempre corriendo alegre a caballo.
También fue un encuentro con el amor (dolorido) aquél que tuve, sentado junto a Paloma en una terraza de ensueño del paseo marítimo del Puerto de la Cruz en Tenerife, una noche dulce de septiembre que ocultaba dentro de sí misteriosos hallazgos para mí.

Las olas chocaban perezosas contra las rocas negras y volcánicas del malecón llegando algunas rotas a mojar suavemente nuestros pies. Y recuerdo que no olía a salitre. Es curioso. En todos los días únicamente percibí ese cautivador olor una mañana que me vino sin avisar. En aquel momento de aquella noche serena y extraña me invadió un miedo inexplicable, un temor a lo desconocido que me dejó desamparado al borde de mi abismo. Ocurrió cuando me inquietó la idea de que un día ya no volveré a sentir más todas estas cosas. No siento morirme por dejar este mundo. Siento morirme por dejar de sentir. Siento morirme porque llegará un día traidor en el que ya no podrán estremecerme estas hermosas sensaciones. Siento morirme porque no tornaré a descubrir la magia y los miles de milagros que se producen cada jornada a mi alrededor. Siento morirme porque dejaré de abrazar las evocadoras madrugadas de mi pueblo. Por eso lo siento. Y por eso, seguramente por eso y no por otra cosa, moriré definitivamente de pena. Pena por no poder seguir junto a Paloma que me rodea con su ternura infinita haciéndome sentir como si fuera un niño bueno, el cual se siente feliz de vivir y correr por entre las piernas aterciopeladas de sus mayores. Sentí una súbita angustia en aquel instante al pensar lo solo y desabrigado que estaría mi padre y todos los seres que me han querido mientras que yo estaba allí, tan lejos de ellos, sin poder hacer nada y sin saber cómo volver. Y entonces me emocioné desconociendo por qué (bueno, si lo sabía pero daba lo mismo) y rompí a llorar silenciosa y disimuladamente. Estaba frente a ese mar tan negro, tan inodoro y tan inmenso y yo tan sin color, tan dolorido y tan pequeño, vuelto sobre mí para que nadie contemplara como me resbalaban lentamente por las mejillas las lágrimas saladas que se confundían con el agua también salada del mar. Descubrí allí desconsolado que el mar es una inmensa lágrima ¡Cuántas cosas descubre uno desalentado en esos momentos! ¡Qué maravilloso relato perdido entre las letras de mi alma! ¡Qué plenitud y qué triste alegría de vivir! ¡Y qué pena por no sentir pena! Según nos alejábamos oíamos a las olas interpretar su adagio infinito. Todavía la música…
Miguel MORENO GONZÁLEZ

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