Las cocheras de Ventas

El 24 de Agosto de 2003, en un foro de Mac -Macuarium- publiqué un “escritito!, como dice Miguel. Habla de las famosas cocheras del Metro de Ventas y lo he recuperado gracias a la republicación de Trazas en el mismo foro. Y era y es así:


En las cocheras de ventas y a partir de las doce de la noche, dos vigilantes mayores y con alguna pequeña tara física se encargaban de vigilar, si es que hacía falta, los trenes que realizaban el recorrido de la línea y algunos más que en la estación de Goya eran desviados a las cocheras.


En los meses de verano mas de una vez se encontraron a alguna pareja gozando de los placeres del amor dentro de un vagón.
Con un ¡eh, que hacéis ahí! les sacaban de su ensimismamiento y no corría la sangre y menos aún efluvio distinto.

En cambio en invierno, en esos meses en que las noches de Madrid son una puñalada; los dos guardas, Enrique y Dámaso, hacían la vista gorda e incluso invitaban a más de un sin-hogar, entonces llamados “vagos y maleantes”.

Por aquellos años no se podía dormir en la calle tal y como hacen hoy muchos de los que no tienen, pueden o no quieren tener casa, ni nadie que los corte la poca libertad que tienen. Se les aplicaba la ley de vagos y maleantes, artículo del código penal tal famoso como injusto.
Unos tenían entonces la suerte de dormir en comisaría dependiendo del comisario que les recibiera y otros recibían una tunda y eran llevados a Carabanchel a pasar un mes entre rejas con techo, mala comida y algún palo.

Como os decía, Enrique y Dámaso aceptaban a algunos que necesitaban escapar del frío nocturno. Dormían poco ya que el horario de este hotel era de 2 a 6 de la madrugada y entre tener el estómago vacío y las entrañas recomidas, pegaban el ojo lo que el duro suelo del vagón les permitía.
El convenio que Dámaso firmaba con ellos era el de dejar todo limpio y en orden de revista. Algunas veces tenían de despertarles para que pudieran barrer y fregar el vagón.

Con toda seguridad Dámaso ha sido nombrado en la otra vida guardagujas de algún paso a nivel del firmamento, sin sueldo pero con la visión maravillosa de ver pasar los trenes del cielo.

Entre los huéspedes de las cocheras de Ventas se encontraba, y era casi el más asiduo, un novillero que pasó muchos días a la puerta de la plaza esperando la oportunidad de la gloria; venía de Córdoba y era, decía, hijo natural ( por aquello de que si te echan un polvo sin miramientos es natural que tengas un hijo) de un torero famoso que no quería nombrar por respeto “al maestro”.
– Que tampoco es para andar tirando de la manta y dejar con el culo al aire a alguien que no debo.

Se llamaba Manuel – como buen cordobés – y era un manojo de huesos con piel pero fuerte como un roble, que para algo le servían sus caminatas a la Casa de Campo a entrenarse y hacer toreo de salón. Entonces en ese lugar, ahora seco y de mal vivir, no había ni putas ni entretenimientos para los niños (¡vaya tela, juntar a los niños con las putas¡).
En la Casa de Campo había deporte, guardias y guardas vestidos de marrón y porra de un metro hecha con una buena vara de fresno. Ahora hay putas, no hay guardias y mas putas para los guardias que no hay, pero que están.

A lo que íbamos.
Manuel era el huésped más famoso del Hotel de la Cochera. Solía despachar, antes de dormir, un rato con Enrique y Dámaso al resplandor y el calor de un fuego creado en medio bidón, las más de las veces era invitado a dar un bocado de los manjares de los guardas. Su vicio eran las sardinas prensadas y se daba una increíble maña a eso de envolverlas en el papel de estraza, destriparlas en el cerco de una puerta y sacarles las tripas con un solo dedo.


La mayoría de las veces no lograba conciliar el poco sueño que le quedaba y se mantenía con los ojos abiertos pensando que el día siguiente le abrirían la puerta de la plaza y el empresario le ofrecería una corrida. Y mientras llegaba se veía dando pases y pases en medio del anillo de Las Ventas.

Pero ese momento jamás llegaría, Manuel murió una mala noche en uno de los vagones de la cochera; cuando Enrique le intentó espabilar para que desalojara el vagón, se dio cuenta que Manuel estaba frito. Llamó inmediatamente a Dámaso y decidieron que para no comprometerse le pondrían en el último vagón del primer convoy que saliera de la cochera. En el primer viaje no subía prácticamente nadie y al ser encontrado no levantaría sospecha de haber muerto en la noche y bajo su guardia.

Manuel parecía dormido en el asiento y fue encontrado en la estación de Sol. Se armó un revuelo de bigotes y fueron avisados los de la D.G.S. que tenían su sede donde hoy la tiene la Comunidad de Madrid (es coincidencia).

El juez de guardia levantó el cadaver con prontitud, el metro no podía pararse por un quítame ese muerto. Fue sacado a hombros de la estación en una caja burda de pino, y sólo le faltaron los aplausos para disfrutar del triunfo más esperado. Era la gloria de Manuel.


Enrique y Dámaso no volvieron a saber nada de él, ni siquiera la “bofia· les interrogó sobre el suceso, pero a ellos no se les quitó ni el miedo a un interrogatorio ni el recuerdo de aquel maestro que le hizo pasar grandes momentos alrededor del fuego.

Empezaron a plantearse la acogida de los sintecho, pero hasta pasados más de diez años no decidieron cerrar el hotel. Siguieron aceptando a los conocidos que recibieron la advertencia de mantener en secreto su hospedaje y así garantizarse todos una estancia más que feliz.
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  1. #1 por Miguel Moreno González el 02/09/2010 - 21:07

    Precioso y conmovedor relato. Como me gustan a mi. Las historias de esos perdedores que luchando para ganar caen derrotados ante las adversidades que la vida les pone enfrente y que, al final, después de la lucha encarnizada, se ven incapaces de derrotar siempre llamaron mi atención llenándola de melancolía. Gracias, Tony, por tu relato lleno de amor.

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