Irse de veraneo.

Eran los tiempos en los que tener un Seat daba caché, en los que el pijerío naciente del barrio de Salamanca se juntaba en Serrano y se llevaba la moda de ir a tomar una cerveza con guantes de conducir, esos que no tenían dedos, para que todo el mundo supiera que había llegado al bar en el seiscientos.

 Tiempos en los que la autopista de La Coruña era una miserable carretera con una cuesta interminable llamada de las perdices en la que se iban a probar los coches para ver “como tiraban”, en la que a mitad de trayecto se veían más de uno echando vapor de agua del motor. Entonces también existían los gilipollas.


Una vez llegando a Las Rozas, por entonces un pueblo, pueblo, atravesado por una vía por la que cabían a duras penas dos coches, comenzaba un pequeño llano hasta Torrelodones, otro pueblo, pueblo, pero este ya con una colonia de veraneantes que aumentaba cada año. Por entonces se veraneaba, no se iba de vacaciones, los pudientes lo hacían en El Sadinero, los demás en el pueblo o en la sierra en una casita de alquiler. Veraneos en los que esperabas encontrar ese amor platónico que anhelabas del anterior verano con el que hacer “manitas” sin pensar en otra cosa. En el que el tiempo del amor duraba justo un verano.


Por entonces comenzaron a construir la A-6, a publicitar el Simca 1000 y el Dogge Dart. Con aquellas frases famosas de:
“El cinco plazas y con nervio”
Y de forma coloquial, el filete de pobre.


“Papá, nos ha vuelto a adelantar el Dodge de todos los domingos”.

Era la primera autopista que saldría de Madrid, que se asfaltó con camiones-cuba de alquitrán y peones con palas echando gravilla para que luego la apisonadora alisase. Con otros que a base de azadón hacían cunetas y plantaban azaleas rosas. Entonces recorríamos la autopista a sesenta kilómetros hora disfrutando del paisaje. Viendo como cada semana cambiaba el aspecto del entorno.

La nacional V que nos llevaba a Cadalso seguía siendo el infierno del seiscientos, y no digamos de la que nos llevaba de Navalcarnero al pueblo, con el encanto de la recta de Villamanta bordeada de acacias, pintado el tronco de blanca cal para que de noche se supiera que allí había un elemento con el que no se podía luchar. O aquel puente sobre el Alberche que te permitía ver el agua pasar.

No ha pasado tanto tiempo de aquello o al menos a mi me parece.

Aún recuerdo con alegría el momento en que se coronaba el mini-puerto de Villa del Pardo y se asomaba recibiéndonos los picos de la Peña. En el mismo punto ahora te recibe un paisaje de piedra descarnado del que salen las lágrimas por las heridas producidas en las canteras.

Aquella carretera en la que los baches te la jugaban de metro en metro.

Lo que demuestra que uno es un carrozón que de vez en cuando echa atrás la memoria y se lo pasa pipa recordando aquellos tiempos que seguro, seguro, volverán. Seguro.

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  1. #1 por Jose Antonio el 29/09/2010 - 10:44

    La misma sensación tengo, pero de la A-1, cuando llegábamos al toro de Osborne en el Km 69 y llegaba el desvío a Rasca, respirábamos tranquilos, sólo quedaban 21 Km para “el pueblo”

  2. #2 por Nacho el 29/09/2010 - 15:24

    Qué gran entrada Tony.

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