De Miguel en Argelia (recuperada)

Miguel nos relata recuerdos de sus seis años de estancia en la Embajada de España en Argelia, en aquellos tiempos tan difíciles en aquella ciudad como sólo saben los que por allí en esa época anduvieros.
Gracias Miguel por tu colaboración.

FRUTOS ROBADOS DE MI HUERTO

Llegabais los sábados sobre las seis de la tarde para asistir a misa de siete en la iglesia de la Embajada. Pasábamos esa hora hablando y bromeando con Rafael, siempre adornaba la sonrisa vuestros labios y aquellos momentos me ayudaban a sobrellevar una estancia que nunca me resultó agradable. La inercia de vuestra compañía cariñosa y la necesidad de diálogo que teníamos en aquel tiempo -¡éramos tan jóvenes con 22 y 25 años!-, hacían que Paloma y yo os acompañáramos a misa para seguir hablando antes y después de la liturgia. No creo en Dioses pero siempre necesito tener fe en algo -¡otra contradicción!-, y en aquellos momentos creía en vosotras. Denotabais un convencimiento pleno en todo lo realizado, irradiando una seguridad contagiosa que siempre admiré en los demás por carecer yo de ella.

Un viernes (domingo para ellos), nos invitasteis a comer coliflor rebozada. Era una mañana luminosa de otoño y bajamos junto a Rafael bordeando el puerto hasta vuestra casa en Bab-el-Oued -el “barrio de los españoles”, lo llamaban, porque allí fueron a parar muchos republicanos perdedores de muchas guerras-; las calles aparecían sucias e invadidas de gentes ociosas y desaliñadas, con grupos de niños descalzos que bajaban corriendo por una calle de La Casbah. Vuestro hogar estaba ordenado y pulcro como la patena y desde mi estancia en vuestra casa paso por alto todo lo demás y sólo me fijo en eso cuando entro en cualquier hogar. Charlamos de infinidad de cosas y, cuando bromeé sobre el hecho de que el Gerifalte de la Iglesia estaría cómodamente en su piscina climatizada en Castengandolfo, obviasteis mi falta de tacto con una sonrisa. Hablamos de españoles indigentes pero honorables: Pérez Sirera, María Tejuelo, Donino Alcañiz… y tantos y tantos otros que únicamente contaban con vuestra ayuda. Aquella tarde aprendí la lección de que mientras la mayoría hablamos haciéndonos los interesantes, vosotras actuabais en silencio.

Me vine de Argelia corriendo y no me despedí de casi nadie e, incluso, todos los recuerdos de aquellos seis años los escondí. Soy proclive a los recuerdos y, sin embargo, los de aquel periodo no me sedujeron nunca. En general, mi experiencia en el país fue positiva pero hubo situaciones aisladas que en mi mente pudieron con todo lo demás. Encima, tengo raíces sedentarias que, con inusitada fuerza, me atan a mi tierra. No fuimos allí por medallas sino a ganarnos rápido un trocito de futuro baja el sol y… volver.

En nombre de ese Dios subjetivo y vengador, que cíclicamente unos humanos invocan, mataron a Ester y Caridad. Se dirigían a misa de domingo a Nôtre Dame d’Afrique. Recuerdo, ahora sí, que desde la loma donde está erigida la iglesia se observa una vista deslumbrante de la bahía de Argel, parece como un nacimiento navideño. Ese mismo paisaje yo lo contemplaba haciendo proyectos para cuando retornáramos a España, mientras mi hijo permanecía en su cochecito mirando las hojas doradas de las palmeras del parque.

Vi a Lourdes en televisión, con el pelo más largo que hace unos años, explicar cómo sucedió. Conserva idénticas ilusiones, análoga seguridad, igual semblante feliz y la misma mirada que yo guardaba en mis recuerdos escondidos que emergieron por miles estorbándose unos a otros. La oí con su acento argelino hablar de amor con seguridad y acariciando las frases. Sólo yo sé lo que me invadió en ese instante, era el compendio de cuando ellas, en el umbral de la iglesia y entre sonrisas, sembraban en el huerto de nuestro incierto presente esperanza. Las gentes así siempre han sido mis Dioses. Alguien real a quien querer y en quien confiar, lejos de encíclicas y hégiras pero muy cerca del ejemplo valioso del amor. Y esta mañana, cuando me desperté y abrí la ventana para mirar mi huerto, aprecié desconsolado que me habían robado sus frutos. Y la verdad, ahora ya no sé qué hacer, ni qué decir, ni siquiera qué pensar de aquellos recuerdos escondidos que ahora se abren paso doloridos en mi corazón.

Miguel Moreno gonzález

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