Añoranza de Sotosalbos (Relatos cortos)

Nº de orden (2)

Me cayó la ciudad encima y me destrozó. Venía de oír el rumor del viento y el canto de los gorriones mientras el sol invernal irrumpía por la ventana realzando la intensidad de los colores y acariciando mi placidez. La capital se me precipitó encima según avanzaba entre la gente y de súbito estalló todo el sosiego que Sotosalbos, de manera paciente y cariñosa, me había obsequiado durante los últimos días. De la refriega brotaron de mi mente delicados recuerdos que conseguí poner a salvo de esta ciudad agresiva e inhóspita que me aísla y abandona a mi suerte. Retornaba de ver, desde mi balcón abierto a la vida, los atardeceres anaranjados y humeantes del horizonte que atrapé con los ojos tornasolados y dulces de mi mujer y mis hijos para así descubrir con ellos nuevos matices que les fueran desconocidos a los míos.

La metrópoli pasó sobre mí y me dejó roto y desconcertado. ¿Qué hago en Madrid entre tanta prisa, competencia e intriga? ¿Qué hago entre tanto premio literario, tanto pintor famoso, tanta persona inteligente, tanto político con futuro, tanta gente educada y mujeres tan refinadas? Llegaba de otro lugar, de otras personas, de otros artistas anónimos, de otras noches agónicas a quienes ellos inmolan su vida apasionada. Os digo que regresaba de vibrar con todo eso y en un descuido, ¡zas!, me inundó el maremágnum de la urbe. No lo merezco, en realidad no lo merece nadie. ¿Qué hacer? De momento pasaré unas noches recluido en la soledad de mi casa madrileña, diseñando el espacio que en las casas de Sotosalbos ocupa el frío, imaginando sus colores apagados y tristes por nuestra ausencia, analizando sus macizos olores, localizando los ruidos nocturnos que albergan o recorriendo las baldosas que las configuran. Será entonces cuando lo nimio que allí es normal, adquirirá aquí una dimensión de melancólica belleza.

Volvía de la noche de Sotosalbos en la que me encontré con el abrazo de unos amigos; en aquel amasijo de emociones descubrí a Tony, el amigo pródigo, y como buenamente pude le ofrecí mi mano y mi mirada, fue entonces cuando comprendí que la auténtica razón de ser de mi existencia se encontraba allí. Aparecíamos desde confines lejanos y distantes y en aquella fugacidad encantada fuimos felices. ¿Para qué más? Ahora no sé, ¡mira por dónde!, si la ciudad me cayó encima o fueron aquellos momentos sotosalbeños los que me dejaron bajo ella implorando comprensión.

                        

Melancólico

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