La Chata y Juan

Nº de orden (5)

Esa mañana, fría y desapacible llegué para cruzar el puerto de Malagosto, desde arriba apenas divisaba la llanura de abajo de la sierra, paré un momento para recuperar el aliento sentado en una piedra. Miraba a ambos lados de la cumbre cuando una voz sobresaltó mis pensamientos. Era una hermosa serrana, su cara sonrosada y sus turgentes pechos me daban la bienvenida a la tierra segoviana.
– ¿Donde vas, qué buscas buen mozo?. Si pensabas en mi, me has encontrado.
– Pues mira no, que voy para Sotos-alvos, ese pueblo que se intuye a lo lejos.
– Resulta que este camino lo guardo yo y si no te digo que pases, tu no pasas. Ni tu ni nadie ¡redios!.
– No hace falta que te pongas así, si hay que pagar se paga, pero pagar para nada mejor es que me lo guarde.

De repente se puso a nevar y se formó una ventisca del diablo. La vaquera se echó un chal por los hombros y con una señal hizo que le siguiera. Nos cobijamos en un saliente de unas rocas y puso sobre mis hombros una parte de la prenda.

Al sentir su mano que corría por mi muslo derecho le solté casi gritando.
– ¡No me jodas serrana!, que está el tiempo para no sacar el culo al aire que se me puede quedar helado.
– ¿De donde vienes?
– De Hita
– Y eso… ¿donde está?
– Por allí.
– Pues tu y yo nos vamos por allá.

Me cogió sobre sus hombros y tiró ladera abajo a una velocidad que me hizo temer el dar con la cabeza en un pino.
Llegamos a lo que parecía su casa, abrió la puerta, era una cabaña humilde a la que no le faltaba detalle, la lumbre encendida una mesa limpia y puesta y un camastro lo suficientemente amplio como para que durmiera ella con alguna de sus vacas.

– Aposéntate mientras te preparo una buena comida, que tendrás hambre, sed y frío, arrímate al fuego para que entres en calor que luego te voy a entrar yo. Hace tiempo que no cato lo que más me gusta en este mundo.

No se si notó mi sonrojo pero el suyo ni apareció. Dióme hoguera de encina en la lumbre, mucho gazapo de soto, buenas perdices asadas. Y buena carne de choto.
Comimos mucho queso, leche, natas y una trucha y un cuartillo de buen vino.
Luego de comer se sentó a mi lado y cogiéndome la mano se la metió en el escote, y uno, que la verdad no es de piedra le pilló gusto al calor, buscó sus pezones entre la ropa y a partir de ahí todo fue un deliro carnal. Llámame chata, decía con su boca pegada a mi oreja mientras jugueteaba con lo que decía era lo que más le gustaba en este mundo.
Y de qué manera ¡dios mío!, como me dejó La Chata, para el arrastre y sin puntilla ni resuello. Debía hacer tiempo que no gustaba de su manjar preferido. Me dejó dormir un rato y fue cuando desperté, porque una mano buscaba algo que no sentía ya como mío. Otro ataque, pensé, y esta me liquida. Pero no, creo que mi fuego la empapó del todo, quedó exhausta, como yo. Sus ataques de lujuria me hicieron conocer el verdadero y buen amor.

Me lavó, vistió y me llevó de la mano hasta dejarme a unos cientos de metros de la entrada de Sotosalbos.
Mejor no contaría, no hablaría de La Chata e intentaría que no se me notara la sonrisa que se le había quedado a mi cuerpo y a mi alma.
Llegué a la puerta de la iglesia, ya había anochecido y necesitaba algo parecido a un catre para reposar de tanto retozar. Miré para atrás, ella no estaba, se había perdido en el blanco de la nieve.
¿Me darán ganas de volver a Hita por el mismo camino?. Seguro eso se tiene que repetir como que me llamo Juan Ruiz.

De JM, basado en El Libro de Buen Amor 

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: