La penúltima copa otoñal

       Cada vez recuerdo más aquellas tardes de octubre a las que llegaba directamente del reino canicular. Los cielos perdían brillo al igual que las hojas y los recuerdos de las vacaciones nos sumían a los colegiales en algo parecido a la melancolía actual. Olía a colegio  (sigue oliendo) en los autobuses escolares donde pegábamos las caras al cristal escudriñando lejos, muy lejos, sin ninguna huella en las miradas del fulgor del verano, de las viejas heridas en las piernas producidas por las zarzas y las caídas, ya no quedaban costritas en las rodillas a medio quitar con las uñas de los dedos. Olía a lapiceros y gomas de borrar, a cuadernos y libros sin abrir, a frío y a estufa de leña, a amores y penas por llegar, a cosas así olía entonces…

Luego, hacia 1.975, yo trabajaba en Garza y era un joven que creía que mi pasado y mi futuro siempre eran el presente, no conocía otra manera de medir el tiempo. La mayoría de las veces yo no sabía lo que hacía –pero lo hacía, he ahí el error juvenil-; lo que bebía, lo que comía, lo que leía, lo que sentía… todo era instinto, lo útil lo aprendemos siempre sin esfuerzo, cuando tenemos que estudiarlo, malo, llegan los problemas. Yo estaba subido al tranvía de la vida y esa era la cuestión, de eso se trataba, de seguir adelante; aún me quedaban bastantes tragos de la vida y de los otros hasta llegar a descubrir ese tipo tan extraño, ese desconocido que habita dentro de cada uno de nosotros. Fueron tragos precipitados pensando en otras cosas, en aquellas chicas de mi edad que casi nunca me hicieron caso, en si en Garza me darían cesta por Navidad o si a la mañana siguiente resistiría en el trabajo yendo sin pegar ojo. Lo que quiero decir es que mi paladar desconocía los sabores –y sinsabores- de la vida.

La luz de todos mis otoños se filtra por el ventanal de mi memoria y me muestra su belleza a esa hora en que el día languidece entre inequívocos ladridos de perros cadalseños otoñales. Esa luz me susurra al oído cosas de un tiempo pasado que me descubre, a cada pensamiento, que una gran parte de lo actual siempre viene de atrás, de mi pasado. Con un destello así reconstruyo sin mayor dificultad el mapa de mis amores que estaba desperdigado por las cortezas de los árboles y aquella brisa del sur que parecía tener corazón de chocolate me acaricia ahora y desparrama mis recuerdos por doquier. Solía enterarme que estaba enamorado cuando descubría una alegría interior que me unía como lapa a todo lo que me rodeaba. Yo hacía las cosas, claro, pero otra persona me empujaba sin dejarme en paz. Alguien se introducía en mí y lo normal era que me llenara amorosamente dejándome un poso de ternura para enriquecer mis recuerdos en el futuro.

La penúltima copa que me tomé la otra noche con mis ex-compañeros de Garza me hizo ver eso que a veces nos cuesta tanto contemplar: la vida, esa vida que hace que tengamos esperanzas aunque sepamos que existen pocas posibilidades de éxito en ellas porque ya empezamos a tener muchas penúltimas cosas en nuestras existencias… Gracias compañeros por los recuerdos, por la cena, por la noche, por las copas, por la vida que se me metió a borbotones y por aquella felicidad de entonces que es un poco la de ahora.

 Miguel MORENO GONZÁLEZ

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