Los Ranchos

Nº de Orden (9)

Decidí llamar a Antonio aquella mañana de mayo; andaba un poco hastiado de trabajo, de aguantar a clientes inaguantables y de socios egoístas y trileros, me apetecía mucho comerme un corderito asado en las tierras de Segovia en un lugar al que muchas veces antes había acudido a jugar al mus en un torneo que organizaba El Adelantado, es El rancho de la Aldehuela.

Antonio, que conocía más que yo aquella zona me recomendó que no fuéramos ahí y que cambiáramos de dirección, yendo a Turégano; insistí y acabamos en el dicho rancho.
Comimos sentados en el jardín un cordero no demasiado sabroso pero suficientemente regado con un buen vino, mojaba por donde pasaba.
Sobremesa y excursión.

Nos dirigimos a Sotosalbos, conocía la iglesia y parte del pueblo pero no los alrededores, tomamos la carretera hacia Soria y a medio camino me condujo a un lugar llamado El Rancho de Alfaro. Un lugar en el que los pastores que recorrían la cañada real paraban, allí había un esquileo, piscinas de lavado de lana, restos de edificaciones, todo en una de las ruinas más tristes que he visto. Aun así, a uno la imaginación le lleva atrás y se encuentra en un instante transportado a aquellos momentos.

Mirando hacia el este se veía una polvareda levantada por miles de ovejas que aceleraban el paso, seguramente animadas por el olor a agua fresca y pasto nuevo.
Al cabo de un buen rato llegaron en cabeza dos pastores montados en mulos y cargados con sendos fardos de tamaño bastante voluminoso.
Saludaron con un “A las buenas y santas” mientras descabalgaban de sus monturas.
Venían de La Extremadura, de regreso al verano de la sierra y los pastos de los llanos.
Traían mas de cuatro mil ovejas, unos cientos más de cuando hicieron el camino hacia el sureste. Tres perros más y un compañero menos, que había quedado en Trujillo enfermo de fiebres.
Eran apenas las seis de la tarde y se disponían a organizar el campamento, a la mañana siguiente querían comenzar el esquileo, vender algunos corderos lechales y asearse después de descansar para en la última tirada llegarse a casa.

Echaban de menos a la familia, no sabían demasiado de ella.

Nos sentamos al fuego con ellos, eran seis pastores, una moza que llevaba el carromato y dos mozalbetes de unos catorce años. Ya había anochecido y de la cumbre de la sierra caía un relente que hacia apetecer arrimarse a la lumbre.
Aquí la cena la hacemos ligera, leche, queso, y algo de fruta que hemos apañado por el camino, con permiso del dueño ¡claro!.

Era el que hablaba aquel que parecía el “mandón” del grupo, nos invitaron a cenar, cosa que intentamos rechazar sin conseguirlo, en segundos teníamos un trozo de pan, queso y un cazo de leche recién ordeñada. El vino no faltaba y la conversación menos todavía.
No paré de interrogarles intentando averiguar en unos minutos sus movimientos de más de seis meses.

Deberíamos irnos Jose… ¡Jose! ¿que estás pensando? ¿donde estás?.

Me sacó de mis sueños a gritos. No estaban los pastores, ni las ovejas, ni los perros ni los dos zagales.
¿Donde están?
¿Quienes?

Relato de JM

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